viernes, 20 de abril de 2012

Instantes.



“Dicen que los lugares conservan la memoria de los instantes que vivieron quienes allí se amaron, quizá solo sea una locura, pero esta mañana necesito creer en ello”
La primera noche, Marc Levy.
Se quedó en silencio, callada, sin decir ni una palabra, las que acababa de leer en voz alta la habían dejado pensativa. A menudo, día tras día y sin haberlo sabido había estado llevando a cabo aquello que acababa de salir de sus labios. Todos los días al menos durante un minuto se había imaginado a aquella pareja de extraños felices que no reconocía bien.
Ella la miraba a él con adoración, él a ella como si no hubiera nadie más. ¿Quiénes eran? Él, pitillo en mano, dejaba que la chica le regañara por el humo. Ella, sonrisa en cara, se acercó para besarle, él lo aceptó gustoso, aquello le sabía mucho mejor que el chocolate. El banco en el que estaban sentados estaba mojado por la humedad de la noche y sentían su frialdad, se levantaron y caminaron, bajo las luces de las farolas que lo iluminaban todo en aquel momento, sabiendo que pronto se apagarían. Se quedarían a oscuras pero ¿Qué más daba? Se conocían de memoria para no fallar.
Aquellos momentos, aquellas horas, segundos y minutos llegaban a sus sueños y sus pensamientos a menudo casi todos los días sin poder evitar alejarlos, eran tan fuertes como el más potente imán. Una tarde al sol, un beso junto a una farola, un abrazo en cualquier sitio, un baño, una cena, comida, merienda, desayuno, un paseo en barco, planes que nunca llegaron a suceder, un viaje en avión, más de los contados con los dedos en autobús y multitud de objetos escondidos sin más valor que el de ellos mismos, más de cincuenta entradas de cine, de las excursiones al Zoo, cinco entradas a conciertos, osos de peluches, collares de plata y plástico, una patata como anillo que alguna vez le puso en el dedo, ropa que aun huele a él, flores marchitas secas entre hojas de libros, cartas, palabras, disculpas, un millar de fotos en papel colgadas en las paredes,  y un sinfín de envoltorios de caramelos, bombones y tabletas de chocolate, la más dulce de las tentaciones sin contarle a él.
Era ella, era la chica de sus recuerdos, la misma que estaba junto a él, pero un día se fue, y le dejó algo más que guardar, un bote lleno de lágrimas para que cuando las viera supiera todo lo que lloró por ella.
Se fue al mismo banco donde habían estado, quizá sea verdad que los lugares conservan la memoria de los instantes que vivieron quienes allí se amaron. Se sentó donde estuvieron, bote de lágrimas en mano y lloró, esperando que, donde estuviera, él pudiera sentir sus lagrimas. Quizá  solo fuera una locura pero aquella mañana ella también necesitaba creer en ello…



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