viernes, 30 de diciembre de 2011

Realidad.



Se sentó en el sofá, frente a la chimenea, mirando a nada en concreto, quizás fueran los colores del fuego que la atraían tremendamente estos días en los que el frio parecía que podía con ella. En el piso superior, alguien comenzó a tocar aquel piano antiguo que llevaba allí desde no sabía cuánto y allí, frente al fuego, sus pies comenzaron a bailar al ritmo de aquella maravillosa música que parecía más que sacada de un piano, sacada de su corazón,  que era justo lo que necesitaba oír.
Se dejó llevar más rápido de lo que nunca pensó, vagando por mundos que alguna vez creyó suyos y que ahora, después de un tiempo contemplando la realidad se da cuenta de que no. De que en sus mundos las heridas se curaban instantes después de que aparecieran y que siempre, tuvieras la edad que tuvieras te daban un caramelo como regalo por ser buena en el dentista. Mundos en los que las cosas eran tan fáciles como cerrar los ojos y soñar y en el que la vida pocas veces provocaba verdaderas heridas en tu corazón, cuerpo o alma.
Ahora, que por fin había abierto sus ojos al mundo, había empezado a contemplarlo todo y, en realidad, aun no estaba acostumbrada a hacerlo de aquella manera, aun estaba acostumbrada a las piruletas del dentista y no a pagarles y que en realidad, cerrar los ojos y soñar, no era tan fácil como parecía, porque en realidad, cerrar los ojos es fácil, pero soñar no. Miró al Mickey estampado en sus calcetines, que la llevaron a tiempos en los que se vio sentada en el mismo sitio contemplando su vida de un modo más fácil sin ser consciente de todo lo que sucedería.
Pero al fin y al cabo la vida es eso, creer en lo fácil y estamparte con las complicaciones, darte cuenta de que las cosas son difíciles y aun así seguir disfrutándolas. Porque sí, la vida es difícil y vivir lo es aún más, pero vivir con el miedo incesante a que algo te pueda ocurrir quizás no valga demasiado la pena. Al fin y al cabo vivir es sobrevivir. 

domingo, 4 de diciembre de 2011

Esperanza.




Se dice que la esperanza nunca se pierde o, que al menos, es lo último que lo hace. Siempre que soñamos o deseamos algo por muy pocas posibilidades que haya de que pase, la esperanza siempre se queda, quizás parezca que está escondida, que la mayoría de las veces no se deja ver y que tú crees que la perdiste, que eso que tanto querías y tan imposible ves a perdido toda la credibilidad y que ya no te queda nada en lo que creer. Pero llega un momento determinado, no se sabe bien cual en el que un día ves como de su escondite asoma la cabeza la esperanza que desechaste hacía un tiempo, aquella que habías pensado que no tenía sentido mantener, pensabas que la habías desechado y en realidad se había escapado y escondido en los más hondo de tu interior, dejándote ajeno a su presencia y es de repente y sin previo aviso cuando aparece, cuando te dice “Hola, estoy aquí, al fin y al cabo nunca me fui, ¿te alegras de que siga aquí?” y si, como no alegrarse ¿Qué sería de nosotros sin la esperanza? ¿Esa que a veces nos hace ver las cosas más bellas de lo que son o al menos con más ganas de luchar por ellas? Es en momentos como esos en los que te llegas a pensar que sería de una vida sin ninguna esperanza, porque siempre, aunque no nos demos cuenta guardamos más de las que pensamos. Y es que hay esperanza de todas formas y colores, para que pienses que de imposibles, hablamos por hablar.